Uruguay – El Tupamaro Jorge Zabalza responde a Primera Línea Revolucionaria

INSURGENCIAS

Formulario de preguntas por: Julia Robaina y Rubén Gatica Diseño gráfico de portada: Paola González Diagramación y diseño general: Cheleon

www.plrchile.com

Editorial Primera Línea                             Revolucionaria Santiago de Chile – Julio 2020

En memoria de Jécar Nehgme y de Daniel Ferreira Scaltritti


Este demasiado extenso artículo responde al cuestionario enviado por PRIMERA LÍNEA REVOLUCIONARIA (Chile). Gracias por el empujón, compañeres.

Era lo que necesitaba para sacarme de adentro estas insurgencias.

Jorge Zabalza.


Preguntas realizadas por el equipo que entrevistó a Jorge Zabalza

  1. ¿Cómo era el entorno/contexto que permitió el surgimiento de organizaciones revolucionarias en los 60-70?
  • ¿Cuáles fueron las principales influencias que recibió el Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros?
  • ¿Qué elementos nuevos incorporó MLN a la política uruguaya?
  • ¿El papel de Sendic en MLN-T fue determinante?
  • ¿Qué significaba ser un Tupamaro y lo que significa hoy en día?
  • ¿Cómo consideras las vías electorales dentro de las instituciones democráticas actuales y su relación con las luchas de clases?
  • La contra-violencia y las luchas armadas para responder a la violencia del sistema ¿cómo se vinculan con otras formas de lucha?
  • A partir de la premisa anterior, ¿qué diferencias cruciales y/o desafíos crees que existe entre las movilizaciones que se realizaron

frente a las dictaduras militares terroristas del pasado y las movilizaciones que se enfrentan hoy a regímenes democráticos que son otra forma de dictaduras del capital?

  • Remontándonos al pasado, ¿Qué cambiarías en la organización del MLN-T? y conectado con esto, ¿se podría haber dado de otra forma?
  1. ¿Qué crees que le hace falta al pueblo para que “se levante” en América Latina?

ORÍGENES

Apoyado en las exportaciones agropecuarias y la industria necesariamente protegida por el Estado, el próspero Uruguay de los ’50 creyó ser una excepción en la América Latina plagada de miseria y dictaduras, una especie de “Suiza de América”, reino de las capas medias. Un “país de amortiguadores”1, con partidos que hacían política atemperando los conflictos sociales y enredando trabajadores en el laberinto de las negociaciones.

Los partidos Socialista y Comunista, mayoritarios en la izquierda, contribuían montar escenario tan arrobador. Su estrategia era conformar frentes electorales con sectores progresistas de la pretendida burguesía nacional, primer paso hacia un horizonte revolucionario que ubicaban bien lejos, en el infinito. La práctica electoral fue su modo de desplegar la “vía pacífica” al poder, tesis recomendada por el XX Congreso del PCUS en 1956. Quemaban en la hoguera a las izquierdas que se apartaran del esquema.

Por su parte, el Estado recurría con frecuencia al uso de la violencia para “pacificar”, desmintiendo de hecho el poético discurso liberal. Durante el conflicto de los gremios solidarios, el doble discurso había quedado en evidencia2. Fue también severa la represión a los peones de tambo, de las arroceras y de las remolacheras. Involucrado con las luchas de

1 Concepto de Carlos Real de Azúa en “Uruguay ¿una sociedad amortiguadora?” (1973).

2 Ver Hugo Cores. “La lucha de los gremios solidarios (1947-1952)” Ediciones de la Banda Oriental. Montevideo. 1989

los trabajadores del campo, Raúl Sendic Antonaccio3 escribió en un temprano 1958 que: “…la democracia de nuestro país, como la democracia burguesa en todos lados, no resiste la prueba de fuego de la lucha de clases. Ante la mínima amenaza a los intereses capitalistas, una huelga obrera, por ejemplo, se esfuma hasta el último rastro de democracia”… Quedaba al “descubierto una cara siniestra que ya evoca las siniestras fauces del fascismo”4.

En 1961, en los montes de eucaliptus de Calpica nació la Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas, la histórica UTAA que, al poco tiempo nomás, ocupó la planta de CAINSA, reclamando salarios impagos por la empresa estadounidense. Luego de cobrar lo adeudado, en 1962, con Sendic a la cabeza, los “peludos” se vinieron en su primera marcha a Montevideo. Exigían algo elemental: que se cumpliera la ley de 8 horas. Los reprimió la fuerza policial.

3 Ver “Raúl Sendic, el tupamaro – Su pensamiento revolucionario” de Jorge Zabalza, Letraeñe Ediciones, Montevideo, 2010

4 Artículo publicado el 7 de febrero de 1958 en “El Sol”, periódico oficial del Partido Socialista del Uruguay, al cual pertenecía Raúl.

En 1963 los trabajadores públicos ocuparon la planta generadora de energía eléctrica y cortaron el suministro. La policía de Paysandú detuvo “por las dudas” a varios que podían organizar el apoyo al conflicto. Entre ellos estaba Raúl Sendic, que expresó así la bronca general: “Hoy día podía dar más garantías individuales un revólver bien cargado que toda la Constitución de la República y las leyes que consagran derechos justos”5. Además de romper con las instituciones legales, la frase se salía totalmente de las vías pacíficas.

En esos años se realizaron elecciones nacionales en las que votaban más del 70% de los habilitados. Se luchaba tenazmente en lo social, pero, luego, se votaba candidatos que, una vez en el gobierno, aplicarían el programa de las patronales. Igual que ahora. A diferencia del enorme colchón electoral de la clase dominante, los argumentos ideológicos de Raúl Sendic encontraban pocos oídos receptivos, hecho que determinaba una correlación ideológica muy desfavorable, que debía ser tomada en cuenta al pensar insurgencias. La cuestión era cómo acumular fuerzas para la revolución moviéndose dentro de la telaraña de la democracia liberal.

Desde el comienzo (1963 aprox.) el movimiento tupamaro descartó el camino electoral y parlamentario. Sin embargo, ello no quería decir, salir a lo loco, fusil en bandolera, sino que, la acción directa debía ser adecuada a la comprensión del común de la gente. En su período inicial, hasta alrededor de 1970, el MLN graduó la violencia que ejercía según la “regla de oro” (como la llamaba Sendic): que el pueblo perciba el respeto de los tupamaros a su manera de sentir.

La lucha y movilizaciones de los “peludos” en Montevideo sacaron a la luz pública lo ya sabido: los derechos y las libertades no regían en el latifundio y las plantaciones. Tampoco en los cuarteles y las comisarías, dicho sea de paso. La injusticia social y la súper explotación despertaron solidaridades en los trabajadores de la capital. Por más amortiguadores que colocara, el batllismo no tocaba la esencia del capitalismo.

Además, cada una de las marchas a Montevideo confrontaba indirectamente con la visión electoralista de socialistas y comunistas. Los campamentos cañeros convocaron pequeños núcleos militantes muy ideologizados que, al igual que Raúl Sendic, desechaban la participación en el parlamento burgués. Sin embargo, esa impronta radical en nada impidió que UTAA participara en los acuerdos para la unidad del movimiento sindical y la fundación de la CNT (Convención Nacional de Trabajadores).

Desde mediados de los ’50 actuaban grupos fascistas en Uruguay. Sus agresiones tornaron urgente la necesidad de organizar la defensa de los agredidos. De manera más o menos regular, comenzaron a coordinar la autodefensa algunos grupos del Partido Socialista, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (disidencia del Partido Comunista), la Federación Anarquista del Uruguay, con mucha influencia en sectores obreros, principalmente entre los gráficos y el caucho, el Movimiento de Ayuda al Campesino, disidentes del Movimiento Revolucionario Oriental nucleados en el barrio La Teja, así como los anarquistas vinculados al compañero Mario Navilliat.

El 1° de agosto de 1963 integrantes de esa Coordinadora expropiaron fusiles en el Club de Tiro de Colonia Suiza. La policía requirió a Raúl Sendic por su participación en el hecho. Podía haberse presentado ante el juez y pagado el delito con un par de meses de cárcel, pero, coherente con su decir, optó por iniciar la vida clandestina. Fue un punto de inflexión que generó una dinámica ilegal y clandestina, a la par que abrió un debate crucial: ¿era posible hacer política con fusiles y por fuera de las leyes y la Constitución?

Al año siguiente se hicieron otras expropiaciones de armas -una de ellas en la Aduana de Bella Unión- y de gelinita. Fracasó el asalto a una sucursal bancaria (fueron arrestados Vique, Santana y Castillos, tres dirigentes de UTAA). En repudio de la invasión a República Dominicana (1965), se colocaron incendiarios y explosivos en varios edificios de empresas yanquis. Asimismo, se asaltaron camiones de frigoríficos y de una conocida cadena de almacenes: los alimentos se repartieron en los barrios empobrecidos. La dinámica tuvo su correlato en el intenso debate generado al interior de la Coordinadora. Tal vez fue la etapa más rica de toda la historia de los tupamaros.

En mayo de 1965 se concretó la discusión clandestina en Parque del Plata. Para la FAU se estaba iniciando el camino del foquismo y su delegado, Gerardo Gatti, se retiró. También lo hizo José Díaz, en nombre del Partido Socialista, abocado a una “refundación”. Parte de la militancia del MIR se alejó, otra no.

Varios de los núcleos empujaban hacia la constitución de una organización única, de carácter político militar, independiente del resto de la izquierda, con su propia dirección. No todos estaban de acuerdo6.

En diciembre de 1966, en condiciones de clandestinidad, tuvo lugar la Convención Nacional que fundó el Movimiento de Liberación Nacional (Tupamaros); aspiraba a ser la vanguardia de las clases explotadas en su lucha contra el régimen, según decía el Reglamento aprobado.

6 Clara Aldrighi. “La Izquierda armada” Impreso en Uruguay. 2016. Pág. 318. Entrevista a Julio Marenales: “Raúl Sendic planteó la necesidad de crear una organización de auto defensa popular, pero esta propuesta en realidad no fue muy discutida. Ahora bien, nosotros no nacimos como organización de autodefensa de nadie, sino como una organización política que se proponía acumular fuerzas para un

Tupamaros era un término vinculado con el artiguismo: así calificaban los españoles, despectivamente, a las y los rebeldes, asociándolos a la memoria de las recientes rebeliones encabezadas por Túpac Amaru y Túpac Katari. El artiguismo lo asumió como símbolo de su vinculación a ese pasado heroico.

A mediados de los ’60, militantes de diferentes orientaciones ideológicas nos sentíamos tupamaros, atribuíamos al calificativo el significado de “revolucionario”, que nos unificaba en lo emotivo e impulsaba nuestra lucha común. A medida que se sumaron desaparecidos, asesinados y torturados, los sentimientos de hermandad fueron creciendo y haciéndose más profundos.

Cincuenta y cinco años después de la fundación del MLN, hay tupamaros que continúan con las mismas intenciones revolucionarias y tupamaros que se integraron al sistema, vueltos administradores del capitalismo, jugados a la conciliación de clases, a perdonar y olvidar los crímenes del terrorismo de Estado. El sentimiento de cofradía se desvaneció.

Pugna Ideológica

En agosto de 1967, en La Habana, al cerrar la conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), Fidel Castro intervino en la batalla de ideas. Advirtió “que nadie se haga ilusiones de que conquistará pacíficamente el poder en ningún país de este continente, que nadie se haga el ilustrado y el que pretenda decir a las masas semejante cosa, las estará engañando miserablemente” (…) “esto no quiere decir que hay que agarrar un fusil mañana mismo, en cualquier sitio y empezar a combatir” (…) “tampoco quiere decir que la acción deba esperar al triunfo de las ideas” (…) “precisamente la acción es uno de los más eficaces instrumentos de hacer triunfar las ideas en las masas”. Finalizó: “De lo que se trata es de la pugna ideológica entre los que quieren hacer la revolución y los que no quieren hacerla, es la pugna entre los que quieren hacerla y los que la quieren frenar”. Un masivo aplauso rubricó los dichos de Fidel.

El secretario general del PCU, Rodney Arismendi, propulsor de la estrategia “avanzar en democracia hacia la democracia avanzada” quedó de brazos cruzados. Raúl Castro le aplaudía en la cara.

La voluntad de la generación de Ernesto Che Guevara era hacer revolución donde cuadrara, sin parar mientes en fronteras artificiales, en cualquier lugar del mundo. Sin embargo, las prácticas insurgentes solamente podían desarrollarse en un territorio dado, acá y ahora, lo cual implicaba que, en el escenario concreto, debían existir condiciones que las favorecieran. En la “Suiza de América”, que incluía la “democracia plena”, se dieron las experiencias revolucionarias de los ’60 porque existían condiciones que las hicieron posibles. De lo contrario, no podrían haberse desarrollado los movimientos guerrilleros.

El detonante fueron los dueños del país. La caída de la tasa de ganancia los hizo acudir a los sables, desecharon los amortiguadores y optaron por ensangrentar las calles. Abrieron el canal por donde afloró la bronca desde los subterráneos. En la necesidad de defenderse de la agresión que sufrían, los trabajadores y estudiantes fueron radicalizando sus métodos de lucha. En el acto central del 1° de mayo de 1964, designado orador por UTAA, Nicolás Esteves aceptó el desafío hecho por los dueños del Uruguay: “Estamos dispuestos a combatir a la burguesía en el terreno que ella elija. Si nos dan palos, devolveremos los palos; si nos dan bala, devolveremos bala” […] “Es necesario armarse y prepararse desde ya para enfrentar a la oligarquía. Sendic es un ejemplo que servirá a todos; desde ya digo que estamos dispuestos a luchar hasta el final”.La muerte sembrada por el poder convocó a sumarse a todas las formas de resistencia del pueblo en movimiento, en particular, a las armadas, porque ¿no era ésa la palabra justa para el momento, como decía Paco Urondo? La confluencia entre la lucha social radicalizada y algunos núcleos ideológicamente muy definidos, que postulaban la acción directa, dio origen a los movimientos revolucionarios.

En muchos países del continente se dio la misma conjunción de elementos subjetivos. Convocados por el “deber de todo revolucionario” colgaron su mochila al hombro Carlos Fonseca en Nicaragua (1959); Turcios Lima y Yon Sosa, un año después en Guatemala; en Venezuela (1962) Douglas Bravo y Fabricio Ojeda; en Argentina, Ricardo Masetti y el “Vasco” Ángel Bengochea y, en Chile (1965) el MIR de Miguel Enríquez. En 1967, después de romper con el “juego burocrático y convencional” del PCB, Carlos Marighela participó en la fundación de la Alianza Libertadora Nacional y fue la cara más visible de la lucha guerrillera en Brasil. Luego se sumarían Carlos Lamarca y el VAR- Palmares y, más tarde, la guerrilla de Araguaia.De todas maneras, es innegable que cada uno de los escenarios revolucionarios de América Latina estuvo también sujeto a las influencias de la Revolución Cubana, en primerísimo lugar. Asimismo, fue notorio el influjo de los procesos de descolonización y de las guerras de liberación en el Tercer Mundo. Nuestros trabajadores agrarios, los del nordeste brasilero o los de Tucumán, eran tan “condenados de la tierra”7 como los argelinos o los egipcios.

La epopeya guerrillera del Movimiento 26 de Julio -desde el Granma a Santa Clara-, el “Guerra de Guerrillas” de Ernesto Guevara y la victoria de Playa Girón, la imagen romántica de los “barbudos” entrando a La Habana, crearon aquel imaginario de “revolución en la revolución” que dio por tierra con los planteos de “la revolución por etapas” y “la coexistencia pacífica”. Miles salieron a caminar los montes y sierras con el propósito de hostigar, desgastar y derrotar ejércitos reaccionarios. Apostar a la guerrilla confrontaba con quienes adoptaban el método de aumentar la cantidad de votantes de izquierda, creyendo que así acumulaban fuerzas para tomar el poder. La pugna ideológica aún continúa a lo largo y ancho de América Latina.

7 “Los condenados de la tierra” de Frantz Fanón. Ediciones Maspero, Paris. 1961

“Sin plantearse la cuestión de la transformación revolucionaria, hablar de clases en lucha es vanidad de vanidades, mero ejercicio verbal. La cuestión es entre el capital y el trabajo y se resuelve acabando con la tiranía del capital”

LA SUBJETIVIDAD DEL ‘68

En enero de 1968, pleno invierno del hemisferio norte, fue la “primavera de Praga”. El secretario del Partido Comunista, Alejandro Dubcek, quiso implementar una serie de reformas que, según él, tenían el propósito de trasladar poder a los consejos de obreros, estudiantes, artistas, cooperativas de campesinos y universidades. Hasta ese momento, la discusión política estaba reservada a los círculos de funcionarios. Tal vez fuera -o no- un retorno a los principios de 1917 pero, de todos modos, se quebró la disciplina intelectual que imponía el estalinismo. Los tanques de la URSS que invadieron Checoeslovaquia no pudieron detener el proceso reformista, que prosiguió hasta 1969. El estalinismo tampoco supo frenar las disidencias. 20 años más tarde cayó el muro de Berlín. El derrumbe había comenzado en Praga.También en enero de 1968, los vietnamitas lanzaron la ofensiva del Tet (año nuevo lunar) y atacaron las principales ciudades del territorio ocupado por los Estados Unidos. Tomaron la emblemática ciudad de Hué; 90 días duró la batalla por Saigón (¡asaltaron la embajada yanqui!). Las fuerzas regulares y guerrilleras de los revolucionarios se replegaron finalmente, después de meses de combate y de esperar la insurrección popular que no llegó; sin embargo, la ofensiva del Tet logró que el pueblo estadounidense se diera cuenta de que los marines y boinas verdes no eran tan invencibles como los pintaba Hollywood. ¡Que su gobierno y los medios masivos mentían! Sobrevino una oleada de protestas masivas contra la guerra y el servicio militar: el pueblo de los Estados Unidos ayudó a derrotar a las fuerzas armadas de los yanquis. Las armas hicieron política.

En el mes de abril de 1968, el discurso de Martin Luther King denunciaba que la pobreza y la opresión racista que sufría, y sigue sufriendo, el pueblo afroamericano era una consecuencia social del capitalismo. El discurso del Dr. King se aproximaba al del poco antes asesinado Malcolm X -también fue la CIA- quien aseguraba que estaban agotados los

tiempos de la lucha pacífica y de la desobediencia civil. Los Panteras Negras recogieron el guante y su guerrilla urbana acumuló en consciencia dentro de la población afro estadounidense y simpatías en todo el mundo. La primavera de Praga, la ofensiva del Tet y el Black Power, formaron el tridente que dio origen al “espíritu del ‘68”, la ruptura con el poder en ambos polos de la Guerra Fría.

En el mes mayo, París tuvo su ‘68. Los estudiantes universitarios ocuparon Nanterre, la Sorbona y el Barrio Latino, pintaron además las avenidas y las plazas de París con “la imaginación al poder”. Barricada tras barricada atrajeron núcleos de obreros industriales tan jóvenes y radicalizados como ellos. El 13 de mayo manifestaron un millón de obreros y estudiantes. Semanas más tarde, 9 o 10 millones de trabajadores protagonizaron la huelga general más grande de la historia francesa. En 1969, el “otoño caliente” de los italianos replicó el terremoto parisino.En octubre el ’68 llegó a México. Faltaban unos diez días para la inauguración de los Juegos Olímpicos. Alrededor de 10.000 estudiantes universitarios se concentraron en la plaza de Tlatelolco. La consigna escupía fuego -”no queremos olimpíadas, queremos revolución”- pero la manifestación fue bien pacífica. Sin embargo, al presidente Díaz Ordaz le interesaba imponer la ley y el orden y, con mucho esmero, llevó acabo la masacre más salvaje. En un momento, dos helicópteros dieron la señal para que 5000 soldados y 200 tanquetas arremetieran contra los estudiantes y también contra los peatones que pasaban por la plaza. 200 cadáveres de quedaron tendidos sobre el pavimento. Los represores detuvieron más de 1500 personas. Las pantallas televisivas se llenaron con atletas compitiendo por el oro y la plata.

En agosto/setiembre fue el ’68 de la Iglesia Católica. Se reunió la Conferencia Episcopal Latinoamericana (CELAM) en Medellín, Colombia. Los obispos caribeños y latinoamericanos desconocieron la autoridad de la iglesia europea, fue un tremendo grito de insubordinación. Querían refundar la iglesia, una teología que respondiera a los problemas sociales y políticos del continente, que apoyara la Revolución Cubana y se integrara al proceso de descolonización. De Medellín salieronfortalecidas la Teología de la Liberación, la opción por los pobres y las comunidades eclesiásticas de base, luego perseguidas por las dictaduras militares asociadas a autoridades eclesiásticas reaccionarias.

En 1968 hacía ya 4 años que Brasil estaba bajo dictadura militar. Desde el golpe del 31 de marzo de 1964, encabezado por Humberto Castelho Branco, el primero de la serie instrumentada en la Escuela de las Américas. Los golpistas usaron de excusa una asamblea de marinos realizada en el sindicato de metalúrgicos de San Pablo. Aunque fue prohibida por el Ministerio de Defensa, participaron 2000 marineros y fusileros navales. Resolvieron apoyar las reformas del presidente Jango Goulart, la agraria en particular.

A fines de marzo de 1968 la policía de Río de Janeiro asesinó a Edson Luis de Lima, estudiante de secundaria. Pese a vivir “los años de plomo”, la respuesta popular no se hizo esperar y las movilizaciones culminaron con la marcha de los Cien Mil por la ciudad de las favelas. Al igual que en Francia y México, los estudiantes fueron el detonante del ’68 brasilero.

La onda sísmica del ’68 hizo temblar el mundo. Produjo cambios trascendentes en las subjetividades, la imaginación al poder, libertad para el pensamiento crítico, las izquierdas independientes se pronunciaron contra el imperio yanqui, contra el racismo y contra la burocracia estalinista. El ’68 apuntaló la descolonización y los movimientos revolucionarios en muchas regiones del planeta. Naturalizó masivamente la necesidad de destruir el capitalismo -que no tiene botón de autodestrucción- y de construir el poder popular que conduzca el tránsito hacia una sociedad organizada entorno a la propiedad comunitaria y la erradicación de la ley del valor.

La epopeya de Ernesto Che Guevara, su asesinato en octubre de 1967, dieron forma definitiva a los sentimientos y emociones predominantesen su generación. ¡Fueron vientos de pueblo los que soplaban! En estos tiempos de negaciones y arrepentimientos… ¡qué difícil resulta hacerse entender! ¡Qué difícil transmitir aquella voluntad de dar la vida por la Revolución Social! Sin embargo, el fantasma insurgente, que recorrió el mundo tantas veces, parece estar resucitando en este 2020 que mucho recuerda al 1968.

LA AMORTIGUACIÓN PROGRESISTA

La industrialización de la producción agrícola (la soja transgénica es un claro ejemplo, las plantaciones de eucaliptos son otro), la introducción de la mega minería, la estabulación industrial de la cría de pollos, cerdos y vacunos, son las tecnologías que vienen haciendo necesario concentrar la propiedad de la tierra se concentrara más de lo que estaba. La consecuencia inmediata es aumentar la expulsión de la población del campo. Por otra parte, la notable expansión de la informática y la robótica – ¿nueva revolución industrial? – también condujo a la desocupación de cientos de miles de obreros fabriles. El producto bruto interno (PBI) creció, pero, contradiciendo las teorías liberales, en lugar de derramarse a la sociedad, aumentó la desocupación y el empleo de baja calidad. La respuesta popular se dio en las urnas.

Febrero de 1999. Al asumir la presidencia de Venezuela, Hugo Chávez dio el puntapié inicial al ciclo de gobiernos progresistas. Su antecedente más cercano fue la Concertación de Partidos por la Democracia que gobernó en Chile los 20 años pos-Pinochet. Con las presidencias de Lula y Néstor Kirchner en el 2003, los dos gigantes del Cono Sur parecieron confirmar el cambio de signo ideológico que, en el 2005, ratificaron Evo Morales y Tabaré Vázquez. Rafael Correa hizo lo propio al año siguiente y, por último, le llegó el turno a Fernando Lugo en 2008. Parecía derrotada la hegemonía liberal. La marea de entusiasmo bañó el continente. ¡Alerta, burgueses del mundo!

Lo cierto es que accedieron a los gobiernos, en muchos casos con mayorías parlamentarias, siempre con la adhesión de las grandes masas populares y de las organizaciones sociales (sindicatos, cooperativas, estudiantes, intelectualidad y un largo etcétera). Considerables fuerzas las acumuladas por los progresismos. Cuba ya no estaba sola. Sin embargo, habían cambiado los gobiernos, pero la dominación de clase seguía idéntica sí misma. Allá abajo, en el pantano, la ñata contra la pantalla, se agolpaba el proletariado, mientras que, en la cumbre, haciendo ostentación de su poder y riqueza, vivía su lujo el 0.01%, los dueños del mundo.

Las fuerzas acumuladas hubieran bastado para proponerse desalojar del poder a las élites, pero, sin embargo, a partir de las indefiniciones e inseguridades propias, o por temor a que echaran los bulldogs a la calle, los progresismos no osaron dar el pasito que faltaba. No quisieron. Ni siquiera se atrevieron a gobernar a lo Salvador Allende, por el contrario, siguieron puntillosamente los mandatos ideológicos del capital globalizado. Agravaron la concentración de la propiedad de la tierra,favorecieron colosales ganancias de los bancos, dejaron la canilla abierta para los usureros internacionales y, finalmente, salvo algunas nacionalizaciones que hicieron, privilegiaron las inversiones directas de los centros del capitalismo mundial con zonas francas y leyes que las protegen.

Olvidaron el discurso de cambiar la sociedad y se dedicaron a administrar lo que le permitían administrar. Aprendieron a hacer los mismos malabares que hacen los liberales. Archivaron los principios y abrieron paso al pragmatismo y a la apostasía.

Lo cierto es que la introducción de las nuevas tecnologías, al maximizar la productividad de la fuerza de trabajo y desplazar trabajadores, ha dado lugar a diferenciaciones notorias en la clase asalariada. Sobrevino el desarrollo de los trabajos de sobrevivencia: empresas de limpieza, jardinería, seguridad privada, pequeños emprendimientos de la construcción, venta callejera en ferias y puerta a puerta, el delivery, artistas callejeros, menudeo de artículos de contrabando y de droga de baja calidad, recolección y clasificación de basura, minúsculos quioscos, almacenes, gomerías, etc. Surgió una clase asalariada con bajos y bajísimos salarios, sin protección estatal y sin resguardo sindical. Los descartables, cuyo consumo es prescindible en la lógica de la actual reproducción ampliada. Los excluyeron de los derechos y los marginaron de la vida política.

El surgimiento de este proletariado siglo XXI -postural y posindustrial lo denominaba Raúl Sendic Antonaccio- territorializó la miseria: los empobrecidos fueron empujados hacia las periferias urbanas, dondelevantaban sus ranchos de cartón y podían tomar los baldíos improductivos y que carecían de los servicios elementales. Las y los expulsados por el capitalismo fueron forzados a colonizar las periferias, se crearon barrios para pobres que los prejuicios de clase media satanizaron, identificándolos con la delincuencia y la droga, paso previo a las ofensivas policiales para instalar el principio de autoridad y la política de mano dura y gatillo fácil.

En función de sus acuerdos ideológicos con los gobiernos progresistas, el sindicalismo se terminó de institucionalizar. Más que nunca parlamento y ministerios se volvieron sus centros de operaciones. En Uruguay se logró que aprobaran leyes importantes como la de responsabilidad patronal, así como que se mejoraran sustancialmente los salarios y las condiciones de trabajo. Algunas de las reformas del progresismo alcanzaron a los trabajadores marginados: aumentos del salario mínimo, ley de ocho horas para el trabajo rural, protección del Trabajo doméstico. Los progresismos integraron la mayor parte del movimiento sindical a la dinámica de la amortiguación, los convirtieron en excelentes intermediarios y apagafuegos.

La hegemonía funciona efectivamente. No es solamente teoría. Se induce la ilusión de que los privilegiados están dispuestos a renunciar a sus privilegios, que permitirán avanzar, colina tras colina, reforma tras reforma, hasta la victoria final. Los progresismos se acoplaron a esa fantasía, reforzaron la credulidad de los oprimidos en el parlamento y la justicia formales. Los convencieron de que votando podían cambiar el mundo.

El modo de demostrar interés por el destino de los cinturones de pobreza fue regularizar asentamientos irregulares -un electorado progresista- , les dieron papeles y servicios que los instituyeron como ciudadanos, pero no resolvieron para nada las condiciones sociales y políticas de la exclusión y la marginación. Continuaron viviendo en el pantano.

Los gobiernos progresistas fueron incapaces de crear condiciones para que la población marginada se organizara socialmente y, en consecuencia, ingresara en el escenario de las fuerzas políticas (¿o les tendrían miedo?). Se limitaron al asistencialismo social, los empujaron por encima de la “línea de pobreza” y, en lugar de transformarse en seres políticos autónomos e independientes, se convirtieron en consumidores de cuarta categoría. Los mantuvieron en el analfabetismo político, como gusta decir Frei Betto. En el ostracismo y a la espera de su liberación8.

La lucha de clases no se puede reducir a resolver las emergencias sociales o mejorar las condiciones de explotación y opresión. Su sentido final consiste en arrebatar el poder a la clase propietaria del capital y erradicar para siempre la opresión y la explotación. Sin plantearse la cuestión de la transformación revolucionaria, hablar de clases en lucha es vanidad de vanidades, mero ejercicio verbal. La cuestión es entre el capital y el trabajo y se resuelve acabando con la tiranía del capital. Que nadie más sea forzado a vender su fuerza de trabajo por un salario, fin de la rapiña de la plusvalía. Muerte de la ley del valor. Esa es la transformación revolucionaria que necesita la sociedad de clases.

Expropiar los grandes propietarios para dar a lo expropiado diferentes formas de propiedad social, todas ellas gestionadas por el colectivo que las trabaja. No más funcionarios de los ministerios -más o menos

8 Entrevista de Víctor Lavagno a Raúl Sendic Antonaccio, reproducida de “Raúl Sendic, el tupamaro, su pensamiento revolucionario” de Jorge Zabalza. Editorial Letreñe, Montevideo 2011 “[…] es necesario que también nosotros nos preguntemos en esta hora qué hacer. Qué hacer con un proletariado que pierde sus derechos día a día. Es la médula de toda revolución, ¿cómo lo vamos a sacar adelante? Qué hacer con los marginados que ya hoy son más y más pobres que los proletarios en muchos países. Qué hacer con el capital especulativos y con la deuda que nos reclaman. Y otra vez la visión del guerrillero caído en Bolivia tal vez nos dé una mano.

Diciéndonos que no tenemos que esperar que teorías y prácticas nos vengan de otros, sino que tenemos que hacerlas nosotros mismos”.

burocratizados- planificando la producción que sacarán adelante los y las productoras. Queremos una comunidad que piense, discuta y decida qué, dónde, cómo y cuándo se produce. Una comunidad que distribuya lo producido, incluyendo el plus valor que ella misma generó. Las y los actualmente explotados y abusados convertidos en columnas del tránsito simultáneo al socialismo y al comunismo. La fuerza motriz del proceso la integra toda la clase asalariada, sin distinción entre el proletariado de las periferias y los asalariados de saco y corbata.

Sin embargo, las condiciones de vida hacen que el proletariado marginado de la política, relegado a la vida miserable, que nada tiene para perder, sea mucho más proclive a perder la paciencia, es muy probable que salga antes a defenderse de las agresiones violentas de las instituciones. No tiene otra opción que ser los sepultureros de capitalismo y, durante el período de la autodefensa y la insurgencia, probablemente marchará en primera línea.Los pueblos son pacíficos por naturaleza. Es cierto. Se sienten oprimidos y explotados, la bronca agobia sus corazones, pero su íntimo deseo es liberarse con el mínimo esfuerzo, sin salir de su casa, mientras toman mate en la cocina. Que la libertad les caiga de arriba. Sobre esa predisposición los dueños del poder inducen la confianza en los ejercicios electorales. Cada vez que una persona concurre a votar, firma un cheque en blanco, el consentimiento formal necesario para los peores despropósitos. Significa una victoria del sistema.

Las élites, en cambio, son violentas. Las empuja a la violencia su condición de pequeña minoría que debe proteger enormes propiedades e intereses. Si en el afán de amortiguar, un gobierno progresista parece lesionar a la clase capitalista, su destino está sellado: Jacobo Arbenz, Jango Goulart, Eliécer Gaitán o Salvador Allende, son algunos botones de muestra. Si por el contrario los progresismos evitan morder las frutas prohibidas, a la vez que decepcionan y desilusionan a su electorado, terminan perdiendo elecciones con los partidos reaccionarios. Luego vendrá la implementación de políticas antipopulares que provocarán descontento en sus víctimas. Ejemplos sobran: Jair Bolsonaro, Piñera, Lacalle Pou y Lenin Moreno. Las masas irritadas se manifiestan pacíficamente y, pero, de todos modos, les caerán encimas los palos, gases y balas de goma (o de las otras). El arriba no conoce un idioma distinto.

La historia de los últimos cincuenta años (1970/2020) enseña que la aspiración pacífica a amortiguar el conflicto y limar las aristas más feas del capitalismo desata la violencia. Paradoja de las paradojas. ¿Dónde conduce, entonces, la tan ansiada “vía pacífica”? Al parecer no ha terminado la batalla entre los portadores de las intenciones revolucionarias y los que quieren frenar cualquier intención de hacer una revolución. En definitiva: ¡cuánta razón asistía a Fidel y la OLAS en 1967!

“Expropiar los grandes propietarios para dar a lo expropiado diferentes formas de propiedad social, todas ellas gestionadas por el colectivo que las trabaja. No más funcionarios de los ministerios -más o menos burocratizados- planificando la producción que sacarán adelante los  y las productoras. Queremos una comunidad que piense, discuta y decida qué, dónde, cómo y cuándo se produce. Una comunidad que distribuya lo producido, incluyendo el plusvalor que ella misma generó. Las y los actualmente explotados y abusados convertidos en  columnas del  tránsito simultáneo al socialismo y al comunismo. La fuerza motriz del proceso la integra toda la clase asalariada, sin distinción entre el proletariado de las periferias y los asalariados de saco y corbata”

LA SUBJETIVIDAD DEL 2020

Las manifestaciones del 8 de marzo son la vara que mide uno de los cambios más relevantes en la consciencia colectiva: ya nadie puede hacerse el distraído con la existencia del patriarcalismo. Siempre se supo que la mujer, por el sólo hecho de haber nacido mujer, sufría doble explotación, pero, hoy, en 2020, la cuestión cobró actualidad. Es urgente liberar las mujeres de todas las clases sociales del poder de los hombres de todas las clases sociales. Los movimientos feministas quebraron la hegemonía de las ideas y los sentimientos que suministraba el patriarcado, es el gran salto adelante.

Muy distinta era la situación en 1968. La mayor parte habíamos leído a Engels, por cierto, pero, sin embargo, los militantes de nuestra generación reproducíamos con naturalidad los valores del patriarcalismo, el machismo y la homofobia. E incluso reprodujimos sus conductas violentas. Pretendíamos revolucionar el capitalismo, pero nos beneficiamos del modo capitalista de relegar las mujeres al rol reproductor de la especie. En la doble explotación de las mujeres fuimos sus dueños y señores. Estábamos integrados a esa “política de Estado” que arrastra hombres de todas las ideologías.

Durante siglos los filósofos e intelectuales orgánicos se hicieron los sotas. La existencia del patriarcado, síntesis de lo inhumano, se apoyaba en el aristotelismo, columna vertebral de la civilización occidental.

¿Cómo se logró quebrar hegemonía tan sólida? Pues los núcleos activos de feministas se atrevieron a salir al desierto, a sembrar semillitas en la tierra más árida, ideas y sentimientos que ajustaron como guante de seda en la realidad cotidiana de las mujeres, que explicaban lo que ocurría en el hogar, el trabajo y las calles de su ciudad. El feminismo se reprodujo y, hoy día, luego de décadas de ir a contrapelo, millones salen a la calle en todo el mundo, la consciencia tomó forma de masas en movimiento.

En la tentativa de frenar el avance de la liberación feminista, entraron a funcionar los amortiguadores: ley de cuotas, del matrimonio igualitario,educación sexual en escuelas y liceos, despenalización del aborto (vetada inicialmente por el presidente de la república). De hecho, cabe pensar que el recrudecimiento de los feminicidios, las violaciones, y los crímenes de odio tiene que ver con esa sensación de que los patriarcas han perdido parte de su poder.

¿Hasta dónde el capitalismo soportará que el feminismo resquebraje el sistema patriarcal? ¿En qué momento la represión institucional reemplazará las violaciones, secuestros y feminicidios? Indudablemente se están alcanzando los límites de lo permitido y el poder patriarcal se mantiene incólume. Parecería necesario proponerse un nuevo salto adelante por sobre los molinetes institucionales.

Ya fuera por temor o por conveniencia, durante la década del ‘70, las grandes mayorías se dejaron mantener en la indiferencia. Les pasaban desapercibidas las señales y testimonios de la barbarie. Ya pisando la mitad de los ’80, con manipulaciones de militares y dirigentes partidarios, la dictadura regresó a los cuarteles. El pacto de Club Naval aseguró la impunidad de los criminales que, en el plebiscito de 1989, fue ratificada por la mayoría de los votantes. Veinte años después, por escasísimo margen, el electorado volvió a refrendar esa voluntad en otro plebiscito. Hubo un nuevo pacto de silencio: a la manipulación se sumaron los apóstatas que se habían dicho revolucionarios.

Respaldado por su actual electorado, un sector parlamentario importante explica la tortura como necesaria: ¿cómo combatir la subversión y el comunismo internacional sin violar mujeres y hombres, sin desaparecer gente? El sector electoralmente mayor del progresismo propone perdonar a los criminales y olvidar sus crímenes, algo que ya es imposible: la sociedad ya condenó los delitos aberrantes. Es el fruto del esfuerzo militante, tanto de las madres, abuelas, hijos y familiares de desaparecidos como de los muchos movimientos que exigen Verdad y Justicia.

Cada 20 de mayo, una multitud reitera el “no a la dictadura” de la huelga general del ’73. En octubre del 2019, obreros, estudiantes y vecinos, cientos de miles por todo Chile, desafiaron balas de goma, gases y chorros de agua, para expresar su voluntad de acabar con los continuadores de las políticas de Pinochet, fueran liberales o progresistas. La misma historia escribieron los pueblos en Bolivia, Colombia y Ecuador. En Argentina y Brasil.

Henry Kissinger confesó en sus “memorias” haber sido el titiritero de los golpes de Estado, las masacres y el Plan Cóndor, el genocidio de los años ’70, cuyo único sentido fue arrebatar poder adquisitivo a los que

tenían ingresos fijos9. Era la política económica para América Latina y el Tercer Mundo del entonces naciente poder del capital financiero internacional. Los autores intelectuales y los financistas de la bestialidad inventaban las estrategias, las fuerzas armadas de América Latina las aplicaron. El lobby de los grandes fondos de inversión obligó al 99,99% a endeudarse para beneficio del 0,01%.

Más allá de las diferentes formas en que se preserva la impunidad, es innegable que el saber sobre la criminalidad inherente a las fuerzas armadas ha transformado la conciencia colectiva. Como los impunes y sus protectores no ceden graciosamente, colocan vallas en el poder judicial. El mensaje es claro: “Mientras continúe nuestra hegemonía, habrá impunidad, olvido y perdón”. La Constitución y las leyes se convierten en la primera línea de defensa de los criminales, pero, en algún momento, como la lucha por Verdad y Justicia resquebraja la hegemonía burguesa, es más que probable que la bestialidad resurja desde lo institucional y de grupos fascistas.

9 En el Uruguay anterior a los ‘70 la masa salarial alcanzaba al 40% del producto. Los 12 años de terrorismo la redujeron al 20%.

Apoyándose en pruebas antropológicas, lingüísticas, culturales y hasta genéticas, el senegalés Cheikh Anta Diop demostró fehacientemente que “la cultura del Alto Egipto, considerada madre de la cultura griega y ésta a su vez madre de la cultura occidental, era negra10”. Las momias de los faraones que construyeron las pirámides tienen la piel negra. Herodoto, Esquilo y otros intelectuales de la antigüedad no tuvieron empacho en reconocer explícitamente los antecedentes de piel negra de la cultura griega.

El aristotelismo aún sostiene que unos nacieron para esclavos y los otros, la élite de los pocos, para ser los amos de esos objetos, piedra sillar de la filosofía del patriarcado occidental. Sin asidero científico, el racismo fue la tramoya ideológica con que se justificaron las campañas depredadoras. Se deshumanizaba y demonizaba los pueblos antes de la masacre, la esclavitud y el comercio. Las élites griegas y romanas no querían negroides en las pirámides ni en Alejandría, por consiguiente, “blanquearon” a los antiguos egipcios.

La especie humana surgió de los homínidos, especie aparecida en Tanzania, con piel y ojos negros, el color original de la humanidad. En realidad, la piel blanca y los ojos claros fue una degradación de la piel negra y los ojos oscuros: menos melanocitos para adaptarse a regiones con menor insolación. Esta vez fueron los burgueses europeos los que “blanquearon” la historia de la humanidad.

Para trabajos y servicios que europeos y yanquis no quieren cubrir, los migrantes del Tercer Mundo atravesaron las fronteras del Primero. Lossupremacistas añadieron el odio xenófobo a sus congénitos odios raciales. Ahora la supremacía ocupa los gobiernos de Europa y Estados Unidos. Levantan muros, inventan noticias falsas y dan órdenes a policía, servicios de inteligencia y fuerzas armadas. Son dueños del complejo armamentístico militar, de Wall Street y de la City londinense. Mandan asesinar en masa la inmigración que creó su insaciable voracidad.

La supremacía de los arios irrumpió nuevamente: Donald Trump, Jair Bolsonaro, Jeanine Áñez y Viktor Orban, pero también Benjamín Netanhayu, el asesino de palestinos y los que quieren exterminar la etnia mapuche en Chile y Argentina. Sus apoyos electorales se pueden calcular en más del 30%, Son el mayor peligro que afronta la humanidad en el siglo XXI.

Los descendientes de los esclavos africanos, luego esclavizados mediante salarios miserables, lucharon por su liberación en los ’70. Se movilizaron pacíficamente, pero fueron masacrados por la policía, el KKK y los grupos fascistas. De todas maneras, lograron sacar del clóset el racismo que sobrevivía oculto. Ya nadie duda de su existencia.

El genocida de vietnamitas, Lyndon Johnson, proclamó los Derechos Civiles de los afroamericanos procurando calmar ánimos levantiscos, pero el sistema los desconoció de hecho. La lucha de los negros estadounidenses había caído en la trampa de los amortiguadores.

El asesinato de George Floyd en el 2020 provocó, una vez más, manifestaciones de igual carácter y masividad que las que repudiaron el de Martin Luther King en 1968. Con derechos civiles o sin ellos el racismo y la opresión no han retrocedido un ápice en medio siglo. Son males congénitos, propios de la reproducción ampliada y no sólo en EEUU.

Mientras disuaden con la represión violenta -o la amenaza de usarla- nuevos mecanismos amortiguadores entran a jugar. La lucha del pueblo negro está colocada ante la antigua disyuntiva: organizan la resistencia y la autodefensa, o acuerdan, una vez más, las condiciones de su opresión y sobre explotación. Parece ser un dilema común a todos los movimientos populares.

Enormes masas de gases, que absorben y reflejan, defienden el planeta de los agresivos rayos ultravioletas y de otras ondas. Al mismo tiempo permiten pasar los infrarrojos que calientan tierras y océanos, pero no dejan escapar al espacio el calor acumulado que el planeta despide (funciona como un radiador). El invernadero mantiene estable la temperatura, en un equilibrio compatible con los sistemas vivos, es más, fue una de las condiciones que hicieron posible el surgimiento de la vida en la tierra. Y que nos mantiene vivos.

Todo funcionaba más o menos hasta que irrumpió el capitalismo industrial y su desespero por quemar combustibles fósiles. Las chimeneas y caños de escape arrojan a la atmósfera volúmenes enormes de moléculas y la masa de gases se hace más espesa. Se quiebra el equilibrio, el invernadero retiene más radiación, aumenta la temperatura en el planeta, se acelera el cambio climático. La humanidad, que existe gracias al efecto invernadero, echó a andar el capitalismo que lo destruye. En definitiva, se destruye a sí misma.

Los imperativos de la reproducción ampliada requieren tecnologías que aumenten la productividad o, dicho de otro modo, que tiendan a sobrexplotar la fuerza de trabajo y agotar los bienes naturales. Se debe invertir en recursos tecnológicos (agro tóxicos, transgénicos, técnicas de mega minería, fracking y otros engendros de la industria extractiva) cada vez más agresivos y contaminantes. Medios de destrucción masiva.

El saber sobre la destrucción del medio ambiente ha sido divulgado masivamente. Lo han hecho movimientos de ecologistas, desde los pequeños que propenden a liberar el Uruguay de la soja transgénica, hasta los que, como Green Peace y Greta Thunberg mueven multitudes e ingentes medios económicos.

Detrás del telón se esconde el agresor: el capital y su loca carrera para crear más valor. Es el impulso vital, la línea del progreso infinito que conduce a la catástrofe. Que contamina, depreda y destruye la naturaleza. El fenómeno revierte sobre el contaminador y también lo castiga con enfermedades. Parece inevitable seguir dando pasos hacia el abismo.

Habría que cambiar el propósito de la producción, descartar la ley del valor e introducir la ley de la supervivencia y el bienestar, restablecer la relación armónica de la humanidad con la naturaleza, dejar de correr tras la reproducción ampliada. ¿Terminar con la producción capitalista? La defensa del medio ambiente no tiene otra salida y ello implica despertar reacciones en quienes ganan más cuanto más destruyen. Reacciones que pueden ser tan violentas como lo es la negación del cambio climático.

¿Qué tienen en común movimientos tan diferentes? Pues un modo de hacer política que, al atacar por los laterales, penetra a fondo las defensas ideológicas del sistema y logran cambios profundos en la consciencia. Las denuncias sobre el patriarcalismo, terrorismo de Estado, racismo y destrucción de la naturaleza no significan un ataque

directo al conflicto capital/trabajo, pero dejan muy mal parado al capitalismo y sus formas de explotar y oprimir.

El feminismo, los derechos humanos, el antirracismo y la ecología son causas que conquistan multitudes en las propias filas de la clase dominante, cosa mucho más difícil cuando la lucha es directamente del trabajo contra el capital. Además, son cuestiones que escapan a la habitual dinámica de amortiguación política. El rechazo al feminicidio se escurre entre los poros del blindaje ideológico, no hay forma de humanizar el capitalismo para que no existan patriarcas que matan. La cuestión pasa por entrelazar la acción de estos movimientos con la necesidad de luchar por una sociedad sin la opresión y sin la explotación a la que somete la clase capitalista.

1969: CORDOBAZO Y PANDO

1969, año del “Cordobazo”11. Tal vez llegó tarde a los acontecimientos del ’68, pero, sin dudas, junto a la Huelga General de 1973, los sucesos de Córdoba fueron uno de los fenómenos de masas más trascendentes en la historia del Río de la Plata.

Aunque se autodenominó “Revolución Argentina”, el de junio de 1966 fue un golpe militar clásico. Derrocaron al presidente Arturo Illía a pedido del gran capital y, en particular de los monopolios extranjeros.

11 Las fuentes consultadas son los varios artículos escritos sobre el tema por el compañero Abel Bohoslavsky (https://www.deigualaigual.net/aniversario/2019/2031/aquel-29-de-mayo-a-medio-siglo-del-cordobazo/) (https://www.nodal.am/2018/05/argentina-1969-2018-un-nuevo-aniversario-del-cordobazo-por-abel- bohoslavsky/) y su libro “LOS CHEGUEVARISTAS, la Estrella Roja del cordobazo a la Revolución Sandinista”, editorial Imago Mundi, Buenos Aires, 2016 https://guevariando.com/download/libro-completo-para-descargar-los- cheguevaristas/

Se puede caracterizar -como el de Brasil en 1964- de “preventivo”, anticipo a los posibles terremotos populares detectados por los sismógrafos de la clase dominante.

Aunque conocían de sobra el perfil de Juan Carlos Onganía y su patota, los partidos políticos de la Argentina (peronismo, radicales, comunistas) resolvieron desensillar, a la espera de que aclarara, consejo dado por Juan Domingo Perón desde Madrid. Controlado por los “brazos gordos” peronistas, el movimiento sindical también desensilló y comenzó a oscilar entre “colaboración” y “participación”, o sea, dos versiones del mismo entreguismo. Augusto Vandor y José Alonso, sus líderes, saludaron desde el estrado el desfile militar que festejaba la instalación de la dictadura.

Pocos meses después del golpe, Adalbert Krieger Vasena asumió la conducción de la política económica y le dio un sesgo definidamente antiobrero: congeló los salarios por un año, aumentó las tarifas públicas y facilitó los desalojos a los inquilinos. Hubo sindicatos que reaccionaron de inmediato, pero la dictadura les suspendió la personaría gremial. Sin embargo, las espaldas de los trabajadores no soportaban más. Necesitaban que alguien diera un paso al frente. La CGT de los Argentinos, liderada por Raymundo Ongaro, vino a llenar el vacío de resistencia con su plan de lucha.

Presionada desde abajo y por la disidencia, la CGT Azopardo, la entreguista, se sintió obligada a convocar un paro nacional por 24 horas. En Córdoba, ciudad industrial, se había reproducido la división y el Sindicato de Luz y Fuerza local, orientado por Agustín Tosco, lideraba la minoría rebelde pese a que, en lo nacional, la organización seguía afiliada a la CGT del “Lobo” Vandor.

Varios sindicatos cordobeses extendieron la duración del paro a 36 horas y convocaron a manifestarse por la ciudad. Se sumaron los gremios estudiantiles que repudiaban los asesinatos de dos estudiantes por las policías de Rosario y de Corrientes. Tosco ya era referente antidictadura en el movimiento popular agrupado entorno a la lucha obrera cordobesa.

El 29 de mayo de 1969, el día del paro, obreros y estudiantes llevaron a cabo su marcha pacífica. Sin embargo, los cuerpos policiales la atacaron con gases y balazos. Antes del mediodía ya había cuatro obreros muertos. Naturalmente, explotó la bronca. Abel Bohoslavsky relata cómo “a fuerza de coraje, con rudimentarias hondas con recortes de acero, bombas molotov y algún que otro revólver de bajo calibre, la inmensa manifestación hizo retroceder a la Caballería y a muchos patrulleros”. La policía se quedó sin gases y sin municiones. Retrocedió y se refugió en sus comisarías. La gente se fue auto convocando. “La sensación de que la ciudad es nuestra se fue extendiendo”, cuenta Bohoslavsky.

Como si desde siempre supieran qué hacer, armaron barricadas en las esquinas, cercaron y apedrearon comisarías, prendieron fuego al Círculo de Suboficiales, quemaron autos de una concesionaria. Bohoslavsky explica que “hubo violencia popular selectiva, no depredación ni saqueos”. El gobernador de Córdoba decretó el Estado de Sitio y la intervención del ejército. La ciudad entera fue ocupada por los milicos. Dejaron varios cadáveres tendidos, demasiados. Fue un anticipo de la barbarie terrorista que vendría.

El 29 de mayo se había organizado una jornada de protesta, se reivindicaba la plataforma sindical, pero la represión feroz la convirtió en verdadera sublevación popular en contra la dictadura. Hubo mucho de espontáneo en esa transformación de sindical a política. Los cordobeses en lucha estaban traduciendo la subjetividad reinante desde el año anterior, quebraron la hegemonía del liberalismo de la dictadura, del oportunismo de Perón y el pacifismo del partido estalinista.

En la calle, el pueblo de Córdoba demostró que la dictadura estaba aislada, algo que obviaba la partidocracia. Fue un terremoto que conmovió la subjetividad popular, que difundió y popularizó las ideas de

socialismo en una extensión y profundidad inimaginables hasta entonces.

Podía haber derivado en insurrección popular, con los obreros y estudiantes haciéndose cargo de las instituciones estatales (policía, poder judicial, gobierno, educación), pero no estaba en juego la cuestión del poder, nadie se propuso organizarse para tomarlo. El Cordobazo tuvo lo fundamental, el pueblo organizado y en la calle, pero faltaron el propósito y las armas. Sin embargo, colocaron en el centro la necesidad de la insurgencia, de cómo tomar el poder para hacer la revolución, con qué estrategia, con cuál método, con cuáles herramientas. La acción directa de las masas crea consciencia, en todos los niveles. Quedó claro.

Una respuesta llegó el 30 de julio de 1970, cuando se realizó el congreso del Partido Revolucionario de los Trabajadores y se decidió crear el Ejército Revolucionario del Pueblo. Las intenciones de hacer la revolución se alinearon para disputar el poder a la clase dominante. Se hicieron lucha concreta en todos los planos y en todas las formas.

1969 en Uruguay. Jorge Pacheco Areco había asumido la presidencia de la república al morir Oscar Gestido en diciembre de 1967. En su primera semana como presidente, Pacheco clausuró los periódicos “Época” y “El Sol” y proscribió media docena de organizaciones políticas. Así marcó la cancha.

Con Pacheco la clase dominante reunió el gobierno con el poder. El 13 de junio de 1968 decretó sus primeras medidas prontas de seguridad, régimen bajo el cual gobernaría 1.117 días, hasta 1971. Quince días después vino la congelación de salarios. El 28 de junio militarizó a 5.000 bancarios. Hubo detenciones masivas de luchadores sociales. Se llenaron los cuarteles.

Se salió a responder a las medidas reaccionarias en varias formas. Hubo paros generales. El 7 de agosto de 1968 los tupamaros secuestraron a Ulysses Pereira Reverbel, muy repudiado personaje del régimen; la operación expresó la necesidad de un órgano de justicia popular y, en cierto sentido, el MLN pareció ubicarse en el rol de autodefensa del movimiento popular, esbozado por Raúl en el debate previo a la fundación en 1966.

El 14 de agosto murió Líber Arce, militante de la FEUU y miembro de la Unión de Jóvenes Comunistas que había sido herido por un balazo policial dos días antes. En setiembre asesinaron a Hugo de los Santos y Susana Pintos. En enero del ’69 un militar dio muerte en la calle al obrero municipal Arturo Recalde. No fueron necesarios golpes militares como el de Garrastazú o el de Onganía, en el ’68 uruguayo la militarización creciente se asoció con un presidente elegido según prescriben la Constitución y las leyes.

El 8 de octubre de 1969, a dos años del asesinato de Ernesto “Che” Guevara, 49 tupamaros tomaron por asalto cinco objetivos en la ciudad de Pando y los mantuvieron durante 20 minutos. Unos veinticinco compañeros fueron hechos prisioneros en la retirada, tres de ellos (Jorge Salerno, Alfredo Cultelli y Ricardo Zabalza) asesinados cobardemente luego de apresados. También murieron un policía y Burgueño, un vecino que quedó en medio de un tiroteo.

Sin embargo, pese a la evidente derrota sufrida, la consecuencia inmediata fue un alud de incorporaciones al movimiento guerrillero, la militancia optaba por la acción directa y rehuían las alternativas electorales. ¿Cómo explicar que tantas y tantos decidieran arriesgar su libertad o su vida haciendo política con acciones armadas? Por primera vez, desde el Tiro Suizo en 1963, un sector considerable de la juventud y del pueblo trabajador entendió que, para defenderse de la barbarie institucionalizada, había que tomar las armas.

A diferencia de lo sucedido en el Cordobazo, la toma de Pando estuvo claramente orientada por una concepción de poder. Se quiso inducir el imaginario de una posible toma de Montevideo, que la distancia entre tomar una y otra ciudad se podía medir en cantidad de grupos armados, locales, vehículos, comunicaciones y tecnología. En última instancia, implicaba entender la insurrección popular como una consecuencia del desarrollo del aparato guerrillero, transformar el MLN en ejército popular para tomar Montevideo.

Aunque pasó desapercibido, al menos para la mayoría de los tupamaros, ya estaba creciendo la serpiente del militarismo en 1969. La acción guerrillera hostigando directamente al ejército reaccionario, centrando en esas acciones toda su política con armas. Se comenzó a abandonar el lugar que lo vinculaba al movimiento popular y se fue yendo hacia el mano a mano con las fuerzas armadas, que relegaba el pueblo a la tribuna.

LA SALIDA INSURGENTE

Con una protesta por el aumento arbitrario e injusto de impuestos, comenzó la rebelión de Túpac Amaru y Micaela Bastidas. Poco más tarde, por un motivo similar, se levantaron Túpac Katari y Bartolina Sisa. Decenas de miles de quechuas y aimaras continuaron la lucha de los mapuches y Lautaro, levantados en armas 250 años antes, a poco de la invasión europea. El 18 de octubre de 2019, en Santiago, estudiantes de secundarias eludieron el control de los molinetes del metro. Tal vez no lo sospecharan, pero sus manos levantaban los estandartes de las luchas de los ’70 y las de los pueblos originarios.

Las tradiciones se transmiten subterráneamente de generación en generación, gambeteando hegemonías se cuelan en la consciencia. Son

rasgos de la subjetividad, etéreos e inasibles, nacidos de remotas experiencias y que, en la actualidad, son el apoyo más sólido para la intención revolucionaria. La efectividad de la hegemonía burguesa es indiscutible, pero, en ciertas circunstancias, cuando los mecanismos de amortiguación dejan de funcionar, desde el inconsciente más profundo, afloran esas antiquísimas tradiciones de la rebeldía. Aún en los años más oscuros, los pueblos supieron mantener encendidas las brasas de la resistencia. El espíritu de la rebelión ya está codificado en la genética de los pueblos.

A una semana de la protesta inicial, un millón y medio de manifestantes hicieron temblar la Alameda. La marcha más grande de la historia, acompañada por manifestaciones similares en otras ciudades de Chile. La declaración de guerra de Sebastián Piñera no amilanó al pueblo chileno, sino que, por el contrario, obró de estimulante, al punto que la protesta adquirió ribetes de rechazo al orden y la paz impuestos por la clase dominante.

Surgieron espacios auto-organizados que postulaban cambios radicales en el Estado y en la forma de organizar la sociedad, una Constituyente representativa de la lucha callejera, ajena a la partidocracia y las instituciones. El levantamiento cobró diversas formas políticas: asociaciones territoriales, cabildos abiertos, comunidades. Las pequeñas mujeres y los hombres pequeños parecían “saber” desde siempre lo que debían hacer… ¿de dónde les venía ese “saber”? ¿No habían sido manipulados hasta el cansancio por la demagogia y por los medios? ¿No o estaban sujetos al control de las nuevas tecnologías? ¿No vivían pendientes del celular y laptop?

Atemorizados y amansados durante décadas, de pronto, sin que nadie lo haya previsto, quebraron el orden legal del “oasis” del neoliberalismo, el que los oprimía y ahondaba la desigualdad mientras favorecía el crecimiento de la economía de los ricos. En general, marcharon pacíficamente, más bien a tientas, pero con el sur bien claro. No pudo

detenerlos el atropello de Carabineros que, con su lógica de guerra, definieron las movilizaciones pacíficas como el “enemigo” y las reprimió severamente.

Omitieron la atención médica a los heridos, desnudaron mujeres como método vejatorio, dispararon al cuerpo y a la cara los gases lacrimógenos y los balines de goma, usaron armas de fuego contra la gente y ocasionaron pérdidas de ojos y muertes12. Otra vez bestialidad.

En el levantamiento confluyeron pobladores, sindicatos, estudiantes de secundaria y universitarios, el feminismo, las organizaciones de derechos humanos y las de defensa del medio ambiente. Las banderas mapuches enarboladas por todas las manos, todas. Definición ideológica de hecho. Quedaba bien claro quién era el enemigo. Se demostró la capacidad de tender puentes en el pueblo, como sostenía Raúl Sendic Antonaccio en los ’90. Solamente así, entrelazando lo diferente, pudo ser la persistente masividad de la movilización popular, el peso social necesario para detener la acometida represiva.

A mayor masividad, mayor es la sensación de ser una fuerza poderosa y el sentimiento de solidaridad, de ser independientes y autónomos. Y más profunda es la ruptura con el sistema. La masividad es consecuencia de haber avanzado en comprensión y, a la vez, sirve de trampolín a los próximos saltos en calidad.

AUTODEFENSA DE MASAS

Ingresan predispuestos a obedecer sin pensar. Luego, el entrenamiento convierte su predisposición en automatismo, en simple acto reflejo. El soldado ideal es un robot que no precisa usar el cerebro, con la columna vertebral le basta. Luego, al escalar hasta suboficial, siguen siendo robots, pero con mando. La misión es funcionar, o sea, reprimir con eficacia. No interesa que aprendan a pensar, alcanza con la obediencia debida.

Mandar y obedecer es la ley primera en los ejércitos regulares. Incluye el derecho del mando a castigar la desobediencia. Son focos de no democracia, de autoritarismo, siembran los sentimientos donde crece la mano dura, esa ideología que siempre cuenta con mucho consentimiento electoral, demasiado para el gusto de uno.

Sin embargo, los Ejércitos Rojos fueron una necesidad en las revoluciones: ¿cómo enfrentar a las fuerzas armadas que atacaron la Revolución Rusa apenas salida del vientre?, ¿cómo defenderse del alud nazi en Stalingrado?, ¿cómo derrotar en Vietnam el monstruo tecnológico? ¿Cómo triunfar en Playa Girón? La amenaza que significaron los poderosos ejércitos reaccionarios e imperialistas justificaron de sobra la existencia de Ejércitos Populares. A la fuerza militar hubo que responderle con otra fuerza militar.

Después de haber asumido los fines políticos del uso de las armas, la juventud de la Rusia de 1917 y de la Cuba de 1959 se enrolaba en las fuerzas armadas y adoptaba la disciplina férrea como forma de conducta. Se tomaba partido y luego se decidía participar activamente en la defensa del socialismo, un esfuerzo intelectual que requería estudiar, analizar y discutir, hacer funcionar el cerebro. Eran hechos de consciencia.

Sean instrumento de la reacción o de la revolución, todos los ejércitos son el corazón del Estado, el eje entorno al cual se organizan y funcionan las demás instituciones. Es más, la razón de ser del Estado es el ejercicio de la violencia, en diversos grados y tipos es cierto, pero siempre es violencia13. De ahí que la Constitución y las leyes reserven los ejércitos- Estados el monopolio en la administración y uso de las armas. Sin monopolizar la violencia y las armas, no existiría el Estado y reinaría la anarquía, razona Max Weber, uno de los fundadores de la sociología burguesa.

La amenaza que supone la existencia de la institución armada es el principal auxilio del modo pacífico de dominación, el complemento necesario de la amortiguación política. Como bastiones del poder y de la no democracia, los cuarteles y comisarías intimidan y coaccionan la población, su sola presencia induce las clases oprimidas a consentir por las buenas el orden que las oprime, porque pueden venir las malas. La hegemonía convence amenazando.

Por otra parte, no cabe olvidar que el imaginario de una sociedad sin clases incluye la extinción del Estado. En teoría, el proceso revolucionario iría avanzando en la medida que el pueblo vaya organizando su poder y sustituyendo con organismos de poder popular las instituciones del Estado burgués, incluyendo sus fuerzas armadas.

Los esfuerzos que fortalecen la institución armada contradicen el precepto teórico e internan el proceso revolucionario en un laberinto sin salida. Es un contrasentido apuntalar los cimientos del Estado, mientras se sostiene que se lo quiere demoler.

En Chile, los últimos días del 2019 y los primeros del 2020 quedaron signados por la apropiación de los espacios públicos, a veces ganados en batalla a brazo partido con los Carabineros. Así se conquistó la Plaza Baquedano, bautizada luego como Plaza de la Dignidad. Las agresiones armadas generan el derecho a la defensa propia, a emplear la contra violencia para defenderse de los violentos por naturaleza. Existe el derecho a responder con piedras y baldosas si te atacan con chorros de agua y a defenderte con cócteles molotov y balas cuando te agreden con armas de guerra. La autodefensa de las masas agredidas es uno de sus derechos naturales, el que esgrimían los burgueses que hicieron las revoluciones inglesa, francesa y yanqui. ¿No es ése el derecho del pueblo palestino? ¿No será que un momento “a la chilena” está esperando en el mundo, a la vuelta de la esquina de la miseria y hambre post pandemia?

Si las agresiones exigen defenderse, pues hay que armarse para luchar, pero ¿la única forma de organizar la contra violencia popular es con otro ejército?, ¿no son posibles milicias de autodefensa popular que no tengan el propósito de convertirse en ejército regular? En última instancia, la clave de una salida insurgente estriba en aniquilar el ejército burgués sin construir y fortalecer otro ejército. Requiere abandonar viejas canaletas ideológicas que preceptuaban el desarrollo del foco guerrillero hasta convertirse en ejército. Por muy popular y socialista que sean sus definiciones, por mucho que haya surgido de las necesidades de hacer la revolución, ese ejército regular estará contribuyendo a consolidar el Estado. Un Estado que no será el burgués, pero, que de todas maneras no deja de ser un Estado, caldo de cultivo de grupos burocráticos, de estalinismos de varios tipos y de restauraciones capitalistas.

Las formas revolucionarias de la autodefensa deberían estar íntimamente vinculadas con las ideas del poder popular. ¿Por qué el empleo de las armas tiene que separarse del poder que constituye el pueblo, un poder destinado a desarticular el Estado? ¿Los organismos

de base no pueden organizar el uso de las armas? Libres e iguales, todas y todos milicianos que trabajan, estudian y usan armas, ¿no es la forma de democracia más profunda en la historia?

Todo parece indicar que el capitalismo encontrará la manera de volcar hacia abajo la crisis de la pandemia, la que provocó con su propia voracidad. Hasta los liberales más recalcitrantes auguran el crecimiento exacerbado de las desigualdades sociales, el hambre y la miseria. Si alguna condición faltaba para que los amortiguadores se atascaran, el COVID-19 las creó, demostró lo insuficiente y clasista de las soluciones a la pandemia.

En consecuencia, millones de mujeres y hombres engrosarán las filas de la bronca infinita y los deseos de sepultar el sistema. Para mantenerlos a raya, el Estado recurrirá a la violencia que monopoliza. Una vez más, parece que reinará la barbarie. Parece muy posible que algunos perciban condiciones para hacer la revolución y otros pretendan frenarla. Posiblemente, entonces, continuará la pugna ideológica. Ya viejo -y para peor, de alto riesgo- espero que esta entrevista aporte puntos de vista que tiendan a buscar una salida insurgente a la mayor crisis social de la historia humana.

Jorge Zabalza

Agradecimientos:

A todas y todos los luchadores de ayer y de hoy que formaron y forman parte de la Primera Línea de combate por un mundo mejor.

A quienes desde donde pueden y como pueden aportan un grano de arena en esta lucha.

Este y todos los esfuerzos por cultivar la semilla de la rebeldía, la organización popular y el surgimiento de un mundo más justo, es también en memoria de quienes vivieron, lucharon y murieron luchando por la justicia social y la dignidad de los pueblos, por todas y todos ustedes hermanos

Viviremos, volveremos, venceremos.

ARRIBA LXS QUE LUCHAN

Un comentario en “Uruguay – El Tupamaro Jorge Zabalza responde a Primera Línea Revolucionaria

Los comentarios están cerrados.